viernes, 3 de abril de 2015

"Cerro Monje", la leyenda de Paí Pöjha y el Pozo Santo



Cada año para estas fechas de Semana Santa miles de peregrinos de la provincia y zonas aledañas se congregan en un acto de fe en el Cerro Monje de San Javier, pero muy pocos saben de donde viene la historia (hoy parte del folclore y religiosidad popular) de este venerado lugar….



A cinco kilómetros de San Javier se levanta el Cerro Monje, en cuya cuna de piedra, existe un pozo que contiene agua, a la que se atribuye milagrosamente propiedades curativas... Y ese pozo, abierto con lágrimas de contrición de un anciano sacerdote jesuita, representa todavía el motivo de las peregrinaciones que anualmente efectúan los moradores de las tierras circundantes.



San Javier

Cuando las primeras sombras de la noche, comenzaron a obscurecer el sobrio contorno que dibujaban las torres del templo de la reducción, sobre las espesas frondas, un rosario de límpidas campanadas, anunció la terminación de una jornada más, en la doctrina de San Javier.
Los agricultores desataron sus yuntas y cargaron con sus instrumentos de labranza, los artesanos dejaron sus mesas de trabajo y abandonaron lentamente sus talleres, los obreros de las fábricas, de las construcciones y de las denominadas "oficinas", donde se elaboraban primorosos trabajos de platería, y las mujeres atareadas en el hilado de algodón que cultivaban los indios, dieron término a sus quehaceres, y, formando largas columnas que avanzaban con música é imágenes en angarillas, fueron llegando al oratorio de la plaza, para rubricar la jornada del día con el ángelus cantado, que con cristiano fervor elevaban las almas conquistadas por la doctrina de la bondad y del perdón.
A corta distancia del Uruguay y sobre el arroyo Tabytihú, se levantaba la lejana misión evangelizadora fundada por Fray José Ordoñez, que después de largas y temerarias predicaciones entre los naturales de la región, organizó con ellos la defensa contra las peligrosas incursiones de los mamelucos, que representaron uno de los más serios obstáculos interpuestos de Ignacio de Loyola en tierra guaraníticas, para proceder después, en el año 1629, a la fundación de la lejana reducción.
Fue así como se levantaron los pesados trozos de piedra con que construyeron el templo, las capillas, los talleres, y las viviendas que rodeaban la plaza, señalada en sus ángulos por sólidas cruces que limitaban los amplios oratorios, donde los disciplinados moradores de la doctrina, concurrían diariamente a reafirmar su fe en Ñandeyara.

Paí Pöjha

Integrando el núcleo de religiosos que fueron en América los precursores de los trabajos tipográficos, llegó a San Ignacio un joven sacerdote, que había arribado a las tierras del nuevo mundo siguiendo el camino de los abnegados conquistadores espirituales, y dispuesto a brindar a la colectividad indígena, los conocimientos de su especialidad.
En Santa María la Mayor, habíase incorporado a los sacerdotes que convirtieron a los naturales sometidos a ese régimen de paz y de orden, en los competentes operarios, que primeramente en Loreto, y más tarde en Candelaria, editaron las primeras obras impresas, después de fundir tipos y grabar letras en las propias reducciones.
Estas obras de carácter doctrinal, gramatical y literario, fueron escritas en la dulce lengua guaraní, muchos de cuyos ejemplares aún se guardan en nuestras bibliotecas.
Los arrumbados restos de la primera imprenta, fueron extraídos de las ruinas de la capital religiosa de las reducciones, después del saqueo ordenado por Francia, como complemento del arrasamiento dispuesto por el marqués de Alegrete, en la zona del Uruguay.
La edición de estas obras produjo disconformidad en las altas esferas reales, por la desconfianza y el temor que comenzaba a surgir, de que se declarase la independencia de la ya poderosa comunidad religiosa, Ello determinó la cesación de las actividades tipográficas en el año 1728 dedicándose, entonces el bondadoso Paí, a la noble función de prodigar auxilios y consuelo, a los enfermos y a los necesitados.
El bien que generosamente repartía entre sus semejantes, hizo que alrededor de su persona se formase una aureola de santidad, por lo que los reducidos miembros de la lejana misión, comenzaron a llamarle cariñosamente, Paí Pöjiha.

El Extrañamiento

La campaña denigratoria iniciada contra las misiones jesuíticas por el obispo Cárdenas de Asunción, que recrudeció un siglo después con los libelos publicados por el ministro Pombal, de Portugal, determinó al fin, a Carlos III, a dictar su injusto decreto de expulsión en el año 1767, el que fue transmitido al Gobernador de Buenos Aires para su cumplimiento.
El gobernador Bacarelli y Ursúa, después de recorrer el trayecto que separaba su sede con la zona Paraná-Uruguay, que era el centro de las reducciones guaraníticas, llegó a Yapeyú, dando lectura al Padre Provincial Manuel Vergara, del Real Decreto que ordenaba el desconsiderado extrañamiento.
El Padre Provincial, demostrando una vez más la bondadosa disciplina, y la respetuosa consideración que regularmente observaban los nobles sacerdotes, "defensores en América de la fe y de la raza", pronunció en respuesta, las palabras que siguen: Yo, en, nombre mío y de mis misioneros, mis súbditos, me sujeto absolutamente a ese precepto, y lo acato y pongo sobre mi cabeza.
El gobernador notificó después, por intermedio de sus ayudantes Elorduy, Aldao, Zabala, Perez Saravia, Berlanga y Riva Herrera, a las demás doctrinas, concentrando a los jesuítas y embarcándolos, de inmediato, en dirección al Plata.
Así termina el Imperio Jesuítico en el solar de los guaraníes, que ofrece con su organización, uno de los experimentos humanos de mayor significación y con respecto al cual, no se han pronunciado aún, en la atención que merece, los hombres dedicados a las ciencias sociales.

La Desobediencia

Fray Segismundo Sperger, el anciano y moribundo sacerdote de Apóstoles, que por su estado no pudo ser trasladado como los demás, no fue el único jesuita que quedó en tierras misioneras ..... Rompiendo la ceñida disciplina que regía en sus vidas, otro anciano sacerdote que residía en San Javier, se negó a acatar la orden de expulsión.... Ese sacerdote fue el Paí Pöjiha.
Después de anunciar a Fray Santos de Simone, que era a la sazón la superior autoridad de la reducción, su decisión de no abandonar el solar que habían conquistado con tantos sacrificios, recibió de parte de éste la más dura reprimenda, por considerar tal desobediencia una grave falta, inconcebible en la orden religiosa que integraban.
Pero el sacerdote, antes de que las disposiciones adoptadas por el capitán Elorduy, emisario del gobernador de Buenos Aires, le alcanzaran, huyó, sin más carga que el peso de su enorme pena, y sin otra ruta que aquella que le señalara el destino.
 


EL Pozo Santo

Costeando el Uruguay, abriéndose paso a través de la fronda, y venciendo dificultosamente los accidentes del suelo, siguió Paí Pöjiha en dirección norte.. .
Después de caminar penosamente durante el día, detuvo sus pasos a la puesta del sol, sobre la plancha de piedra del primer cerro, en el instante en que las brisas de la selva traían las lejanas voces del campanario de la reducción.
Desde la cima de aquel cerro, pudo aún divisar las pesadas líneas de las sólidas viviendas de la misión que abandonaba, disconforme y apenado por el decreto de Carlos III, que pronto habría de manifestar su disgusto por la decadencia de las doctrinas.
Y luego de mirar largamente el contorno de aquella avanzada cristiana cayó de rodillas vencido por la pena, y con el alma contrita y amargada, imploró al Señor el perdón de su falta......
Sus lágrimas fueron tan sentida expresión de pesar que produjeron el desleimiento de la pétrea conformación de la cima abriendo un pozo circular en cuyo fondo depositó toda la santidad que el alma del monje enseñaba en ese acto de sincera contrición y de fervorosa fe cristiana.
Y el monje ya no pudo alejarse de aquel sitio, que fue desde entonces su santa morada...
Solo, recorrió primero las inmediaciones del cerro, y después lo hizo en compañía de su yaguareté, el fiero dominador de la selva misionera, que tuvo que corregir su actitud hostil e inamistosa del principio, ante la dulce acogida que le brindó el anciano jesuita, en su abrupta morada.




Los Peregrinos del Cerro

Entretanto, en las poblaciones fundadas por los jesuitas, se había implantado un nuevo régimen civil y eclesiástico, recurriendo el Gobernador de Buenos Aires a varias órdenes religiosas, con el fin de dejar constituido este último gobierno.
Fray Miguel Hermenegildo Garcete, se hizo cargo de la reducción de San Javier, que entró a pertenecer entonces, de acuerdo a las nuevas disposiciones administrativas, al departamento de Concepción.
Pero la vida de labor y de paz que observaban las poblaciones indígenas en tiempo de los jesuitas, se interrumpió por una era de hondos desentendimientos, entre las autoridades civiles, religiosas y militares, que representaron las primeras manifestaciones del fracaso registrado posteriormente.
La reducción de San Javier, empobrecida y olvidada fue presa de grandes males que redujeron considerablemente su población, y la situaron en un plano de franca decadencia.
Fue entonces cuando los naturales, abandonados y enfermos, abrieron su ``picada hasta el cerro donde moraba el monje, en busca del remedio para curar sus llagas y para combatir las pestes y calamidades que azotaba.
Y hallaron el ansiado remedio.... el agua del "pozo santo", abierto con lagrimas de contricción, fue el aliciente que proporcionó el anciano jesuita a sus infelices visitantes.
Poco después, "Cerro Monje", era la santa denominación de un lugar bendecido, que en el correr de los años, mantendría su renombre por las generosas propiedades del agua del pozo situado en su cima, y por la acción bienhechora de aquel noble sacerdote.
Durante los días de Semana Santa, largas caravanas de pobladores regionales llenan los "piques" que conducen a "Cerro Monje", para orar por el alma del anciano jesuita, y reafirmar su fe en el Dios del Cielo, y en el Padre de los Desiertos......
Y cuando llega la noche, las encendidas prismas de cera y cebo, alumbran figuras de monjes y contornos difusos de templos y de cruces, y hasta se escuchan las voces del campanario, en medio de los ruegos y de los cantos de los peregrinos....



(En el año 1852, otro monje venido del Brasil se refugió en el cerro, clavó en la cima la cruz de la redención, e hizo el bien, acompañado de un manso puma, levantando posteriormente los visitantes, una capilla desde donde predican anualmente sacerdotes venidos desde el otro lado del Uruguay).

 

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